lunes, 14 de octubre de 2013

Las mujeres y la escritura: ¿literatura femenina o reivindicación literaria?


por Noni Benegas

“Iluminando la palabra: Las Mujeres y la Escritura” Instituto de la Mujer de la Región de Murcia, 2007


Para analizar la exclusión de las escritoras de la historia literaria y de los espacios de reconocimiento representados por las antologías canónicas, los premios nacionales, la participación en los Jurados y la prensa de opinión o el sillón vitalicio de la Real Academia, es decir, de todo lo que el campo literario en cuanto tal activa como mecanismos de consagración, hay que remontarse al siglo XIX cuando éste, según lo define Pierre Bourdieu  en un ensayo clave: “Las Reglas del Arte, Génesis y estructura del campo literario”, se configura como tal a consecuencia de profundos cambios en el panorama social y político de la época. Pero este evento no bastaría por si solo para explicar las exclusión de las autoras. La creación del campo literario va de par con el movimiento romántico que agita las subjetividades por entonces y que en el caso español ha descrito con suma pericia Susan Kirkpatrick en su ensayo “Las románticas: escritoras y subjetividad en España, 1835-1850”.


El campo literario

Como he apuntado en el estudio preliminar a la antología “Ellas tienen la palabra: dos décadas de poesía española” de la que soy autora junto con Jesús Munárriz, (Hiperión 1997,1998 y 2006) los años setenta del siglo veinte fueron ricos en creación poética y les cupo a las autoras que, nacidas a finales de los años treinta y cuarenta empiezan a publicar por entonces, llevar a cabo lo que he llamado transición lírica, entre las poetas de posguerra y las que emergen en los ochenta.
Sin embargo, en mi estudio me remonto hasta las románticas, concretamente a las poetas que surgen a mediados del siglo diecinueve al socaire del movimiento romántico que gana las literaturas europeas, y por una razón: es cuando cambia el panorama social en España.
La revolución industrial propicia el ascenso de nuevas clases al poder político y económico, y como resultado, se modifica la estructura del mundo de la cultura, que deja de depender del mecenazgo privado de un puñado de protectores aristocráticos para empezar a adquirir su fisonomía actual.
La prensa comienza a ser cada vez más rentable –como ejemplo diré que si en 1836 aparecen en Madrid  36 nuevas publicaciones, en 1850 se multiplican hasta 150, muchas de las cuales están dirigidas a un público femenino. Otro tanto sucede en las capitales de provincia. Por otra parte, en 1857 se aprueba la ley que obliga a crear escuelas públicas también para niñas. La escritura deja de ser, entonces, el privilegio de unas pocas nobles, monjas o hijas de letrados, y mujeres de diversos estamentos sociales comienzan a tener acceso a la educación.
Con el desarrollo de la prensa y de la industria editorial modernas florecen nuevas profesiones alrededor de las letras: periodistas, críticos, editores, ilustradores, traductores, correctores… Nace la producción cultural tal como la conocemos hoy, y se afirma el poder del mercado para las obras de arte.
Como corolario, poco a poco comienza la subordinación estructural de los autores que aspiran a vivir de su arte a las leyes del mercado, e indirectamente, a los puestos de trabajo que éste genera.
El mecenazgo privado es gradualmente reemplazado por el de Estado y las prebendas que este otorga:  distinciones honoríficas, cargos o puestos bien remunerados de la política cultural y el poder mediático, o sillón vitalicio en la Academia, como se dijo al principio.
Esto da lugar a la aparición de unas relaciones de poder en un feudo nuevo y apetecible: el campo literario, íntimamente vinculado con el campo político y económico. Hay una estrecha articulación entre ambos espacios, por un lado, los que ostentan el poder político tratan de imponer su visión a los artistas y apropiarse de la consagración y legitimación de que éstos gozan, logrados, en particular, a través de la prensa literaria y de opinión; por el otro, los escritores y artistas actúan como auténticos grupos de presión, y luchan entre sí para controlar los beneficios materiales y simbólicos repartidos por el Estado.
Esta subordinación de los autores al poder político implica tomar compromisos e imponer determinadas tendencias en desmedro de otras, con el fin de hacerse una posición dentro del “campo en vías de constitución”, y disfrutar de los beneficios que de él se deriva 


Poetisa

A grandes rasgos, tal es el panorama cuando docenas de mujeres, animadas por el movimiento romántico que estimula la libre expresión de los sentimientos emergen, y comienzan a publicar sus poemas en una prensa en rápida expansión. Es entonces cuando, casualmente, se generaliza el desprecio por la poesía escrita por mujeres y el término poetisa adquiere la connotación negativa que no perderá hasta nuestros días. Pues las autoras de hoy heredan el desprecio que el campo literario dispensó a sus antepasadas en el momento en que cambiaron las reglas del juego, y el éxito o aupamiento del escritor dejó de estar sujeto al capricho de unos protectores aristocráticos, para ser reemplazado por el mecenazgo de estado al cual, teóricamente, todos pueden aspirar por igual.
¿Cómo no ver, pues, que la creación de la figura entre risible y patética de la poetisa, se debe, más que al bajo nivel de las autoras, a intereses muy precisos de los que dominan el campo literario en vías de constitución por entonces; intereses que buscan excluirlas para eliminar desde el comienzo y en bloque a cuantos más aspirantes sea posible a fin de reservar esos beneficios para si mismos? Lo curioso es que hasta ese momento a los hombres no les habían importado nada las mujeres que escribían poesía. Es evidente que en el momento en que aparece algo para repartir, lo más sencillo es quitar de en medio a los que tienen una posición más frágil, descalificándolos. Es decir, se cubren en salud para proteger y reservarse los beneficios reales.
Pero hay más. Me remito a un ejemplo de la época porque el tiempo ya ha hecho su tamiz y la distancia nos permite apreciar hasta qué punto las mujeres escritoras suponen una amenaza que puede privar a los hombres de los beneficios simbólicos. Es decir, poner en cuestión su renombre y su fama e impedirles de este modo disfrutar de la parte de gloria que hay en los premios, o competir por un sillón vitalicio en la Real Academia, junto a los inmortales.
Porque, si en vez de escuchar la voz de un Antonio de Trueba, que vendió ocho ediciones de su libro y entró al “Parnaso” de la época con versos como estos:

¿No ves al feliz esposo
sellar con su labio fiel
la mejilla de la esposa
lleno de amor y placer?
Pues si nada de esto piensas
Pues si nada de esto ves,
Digo que no tienes alma
Ni corazón de mujer.

Se hubiera escuchado a su coetánea, Rosalía de Castro…

De las que cantan palomas y flores

Dicen que tienen alma de mujer…
¡Ay!… yo que no las canto,
¿de qué la tendré?

… ¿adónde hubieran ido a parar los beneficios simbólicos de Trueba, la fama de que gozó en su tiempo, para no hablar de los beneficios reales obtenidos con la venta de sus libros?
No hay que olvidar que la mujer, como el mar o la guerra, ha sido siempre un tópico de la poesía masculina.
Entonces, de lo que se trata es de impedir que ese objeto lírico se manifieste en tanto que sujeto, hable por si mismo, y comience a desdecir lo que de él han escrito y escriben los poetas: ese corpus lírico que conforma la llamada gran literatura, caracterizada, según afirman, por dar un tratamiento universal a los temas que trata. Tratamiento que, en realidad, es parcial y contingente, pues responde a los criterios de valor que prevalecen en el campo literario en un determinado momento histórico, como muestra el ejemplo. Pero era esto lo que la Academia consagraba.

Capital simbólico, Capital social

Se me dirá que hoy en día las mujeres publican, venden, ganan premios y están en todas partes. Es decir, obtienen beneficios reales. Pero, ¿qué significa publicar diez libros de poemas que se distribuyen malamente y desaparecen de las librerías? ¿y qué sentido tiene ganar premios de provincia, pronto olvidados, si no se obtiene el nacional o el de la crítica, ni entran en las antologías exegéticas, las que conforman el canon de un período y generan, por tanto, beneficios simbólicos?
Pues, en lo que hace a la calidad, no todos los poetas románticos y de las subsiguientes generaciones líricas  -1998, 1927, 1936, 1950, 1970- son tan buenos como para merecer entrar en los manuales de historia literaria. Pero por ser hombres se integran de hecho y pasan al canon, e incluso como voces menores son estudiados y figuran.
Nombres secundarios de una tradición literaria que, como los picos bajos y medianos de una cordillera, componen el horizonte y revelan la belleza de las cumbres mayores, pues, ¿de qué manera apreciaríamos la estatura de los grandes si se borraran los contemporáneos con quienes hubieron de medirse? En cambio, las mujeres aparecen, si aparecen, muy a la larga, como excepciones, una o dos por generación, y no se normaliza la entrada de las poetas menores. De ahí el interés actual por descubrir la obra de esa otra mitad desconocida y en ausencia de la cual  se han alzado y consagrado valores sujetos ahora a revisión.
¿Qué quiere decir que los poetas entran de hecho al campo literario por ser hombres? Simplemente, que tienen detrás una tradición que los legitima: heredan un capital simbólico acumulado por siglos de autores consagrados de su sexo, que les facilita su entrada. Verbigracia: la presencia permanente de sus antepasados en los retratos de las aulas, en los nombres de las calles y edificios emblemáticos, en las estatuas y monumentos, en los sellos, billetes y monedas, en barcos y aviones, etc. Para no hablar del capital social, las relaciones influyentes o “enchufes”, que poseen por haber dominado siempre la esfera pública y encontrarse en ella como pez en el agua; esa familiaridad heredada de su linaje masculino para negociar entre si y controlar los beneficios de la res pública. La trasmisión tan conocida de bancos, notarías, consultorios, estudios de arquitectura, empresas en general, de padres a hijos con una clientela afianzada a lo largo de generaciones.

Angustia de la influencia vs. Angustia de la autoría

Si por causa de este legado de siglos de autores consagrados de su género que legitiman su palabra el poeta auténtico puede llegar a sufrir la angustia de la influencia, teorizada por Harold Bloom, o sea, el temor a parecerse demasiado a sus maestros y no ser más que una nota al pie de pagina de ellos, la mujer que pretende escribir sufre de algo previo que paraliza su pulso, propio de los desposeídos: la angustia de la autoría.
Y es que carece de autoridades de su género que validen su palabra. Por esta causa, o bien se ha ocultado bajo seudónimo masculino, o ni siquiera ha firmado sus obras. Anónimo suele ser una mujer, al igual que en el gran arte colonial de Hispanoamérica, el de Quito, Cuzco y Potosí es un/a indígena, es decir, un subalterno no autorizado a firmar.
Esta angustia de la autoría no es nueva. Ya Sor Juana Inés de la Cruz, acorralada por la Iglesia, contesta con la famosa Carta Atenagórica, donde alza una impresionante genealogía de autoras que la han precedido, y que agrupa no sólo poetas, sino mujeres de leyes, de poder, científicas, teólogas, y filósofas para rescatar una tradición institucionalmente legitimada que la autorice a hablar, respaldada por esa autoridad que los siglos les ha ido reconociendo a una tras otra.
Mas no basta con que entren una o dos por generación. Una o dos no ponen en jaque las reglas del juego por ser excepciones previstas en las normas del campo literario; no forman un contingente con suficiente peso como para desestabilizarlo.

Las palabras de la tribu

La situación se prolonga hasta hoy con matices, pues si bien en los ochenta parecía que las poetas iban a conquistar el feudo de la lírica, en la práctica esto no ha ocurrido. Tienen, sí, un público fiel que va en aumento y un mercado; ganan premios, también, pero se demora su entrada en las antologías exegéticas, que ayudan a configurar el canon. La proporción de las autoras presentes en las selecciones supuestamente mixtas es mínimo y nunca se repiten los mismos nombres. Esto deja entrever que se las anexiona según el grado de afinidad que mantengan con la tendencia reflejada allí, para engrosar sus filas y ayudar a la consagración de los líderes del grupo en cuestión.
Hay entonces, por lo menos, dos razones por las cuales se impide su entrada:
La primera, porque son muchas, y los beneficios a repartir escasos, y la segunda, porque la novedad de asuntos y estilos que aportan modifica, como muestra el ejemplo de  Rosalía de Castro, las reglas de valor para todo el campo, que con su ingreso y consiguiente difusión pública se vería obligado a revisarlas.
Y es que se suele olvidar que la mayoría de las veces las tomas de posición “estéticas” en el campo literario obedecen a tomas de posición “políticas”; por ejemplo, los defensores de los metros clásicos contra el verso libre. Son maniobras excluyentes que sirven para retardar el reparto de los beneficios reales, y por tanto, de los simbólicos. Que lo que está en juego son estos beneficios, lo dejan bien claro declaraciones como la siguiente que se multiplican en la prensa de opinión: poetisas mías, atiendan vuestras mercedes a sus maridos e hijos, mantengan la casa en orden y déjense de versos malos y cochambrosos, que ya hay demasiados poetas que se dedican a ello con terca dedicación. Esto escribía un poeta y crítico en 1992.
Sin embargo, hay algo positivo en estas críticas. Y es que el sólo hecho de producir reacciones de exclusión o de rechazo es ya existir en un campo. Las poetas han puesto un pie allí y no parece que estén dispuestas a abandonarlo ni su público a dejarlas ir, para volver al status quo anterior.  Por esta razón, es peregrino seguir discutiendo en primer lugar sobre la calidad o no de las autoras, pues no se trata de que entren unas pocas por siglo y tardíamente.
Nadie cuestionó la excelencia literaria de Marguerite Yourcenar para impedir su ingreso a la Academia Francesa. Pero el célebre antropólogo Levi Strauss develó sin empacho la causa de su oposición: no se cambian las reglas de una tribu, dijo. Esto debería llevar a interrogarnos sobre el ancestral rechazo masculino a facilitar la presencia de mujeres en determinados cotos cerrados, no casualmente responsables del cuidado y actualización de la lengua, sismógrafo, por definición, de las tendencias racionales e irracionales de una comunidad de hablantes.

Hors champ, o Fuera de campo

Es evidente que mucho de lo que hoy sucede en los márgenes, es decir, los temas y nuevos enfoques que surgen de la pluma de las escritoras influencia y modifica lo que sucede dentro del campo literario. Este “fuera de campo” tiene su equivalente en el llamado “hors champ” teorizado por Teresa de Lauretis, cuando observa que lo que queda fuera del marco en un plano cinematográfico interviene dando continuidad y sentido a la narración que aparece en la pantalla. Así,  la perspectiva de las autoras está modificando sustancialmente lo que ocurre dentro del campo literario.
Hace más de una década, Antonio Gala intentaba averiguar a través de la poeta canaria Elsa López, excelente y desconocida del gran público, cómo se vivía la menopausia para incluirla en sus columnas del diario “El País”. O  una inédita Violeta Rangel ganaba un conocido premio de Andalucía con un poemario cuajado de tópicos sobre sus experiencias en un prostíbulo de Marsella; una vez abierta, la plica descubrió a un autor masculino con varios libros anteriores,  cuya vida –casado y con hijos- no parecía demasiado próxima al asunto.
De hecho, las jóvenes autoras han reaccionado con humor y en el Encuentro “Transgeneración 1.0 Encuentro de Mujeres Poetas Jóvenes”, que tuvo lugar en Málaga el 22, 23, y 24 de marzo de 2007, abrieron un debate sobre la poesía actual española alrededor de las siguientes cuestiones: ¿Existe una poesía femenina escrita por hombres? ¿La poesía femenina ha muerto? ¿Debemos seguir haciendo estas preguntas? ¿Van sobrando estereotipos y faltando ideas?
Sin embargo, si hilamos fino, esa aproximación a las vivencias femeninas realizada por muchos autores recuerda la que en los años ochenta se gestó alrededor de una presunta nueva sentimentalidad, cuya finalidad era intentar acercar la poesía al lector mediante el ablandamiento de la palabra poética con versos fáciles de entender de una sentada. En realidad, lo que se intentaba normalizar era la complejidad de la vida para resumirla en una letra plana y sin segundas, o cuyo estribillo de épocas pretéritas,  aprendido de memoria en los manuales escolares, fuera reconocible.  Es decir, hubo una concurrencia entre los bardos y el mercado para aprovechar el tirón de las canciones de moda o de los clásicos del siglo de oro, aquí y ahora, en versión ligth.
Es decir, ni más ni menos que el equivalente a los Antonios Maura de hoy, para agotar ocho ediciones como él en sus tiempos, sustrayéndole a la palabra poética lo que le es propio:  capacidad de rebelión –su poemario fue prologado por el presidente de España de entonces, y de revelación o exploración de lo desconocido que sí tuvieron un Quevedo o una Juana Inés de la Cruz cuando pusieron en palabras frescas y formas nuevas lo que los demás ignoraban o no se atrevían a decir.

Literatura y Mercado

En octubre pasado una conocida librería de Barcelona convocó un debate sobre la llamada “Generación Nocilla” –un supuesto grupo de autores jóvenes así bautizados por la prensa-  cuyas conclusiones recoge Vicente Luis Mora en su blog.
Eloy Fernández Porta, tras ver cómo fueron recibidas sus primeras obras, opina que: “el establishment literario nacional tiende a normalizar las propuestas estéticas alternativas o arriesgadas de los más jóvenes buscando en los libros cuatro referencias pop, sacándolas de contexto, sin explicar si están ahí como modelo o como estereotipos culturales a destruir, encajando rápida y fácilmente la obra bajo el marchamo ‘pop joven fresquito’,  desactivando lo que de renovador, afterpop y crítico con el sistema de referencias habituales tenía, precisamente, la propuesta”.
A su vez, la poeta Miriam Reyes llama la atención sobre la resistencia y falta de entendimiento del corpus crítico ante: manifestaciones literarias que superan la letra impresa, y que se insertan en dinámicas multidisciplinares, digitales o próximas a las artes plásticas.
Recibimos señales de todos los medios –aclara- y es natural que intentemos devolverlas de la/s misma/s forma/s”.
Es decir, no sólo se “normalizan” los contenidos, por reducción a los modelos de la música pop, sino que se ahoga la experimentación formal vista como amenaza para los soportes tradicionales.
Por último,  al referirse a la mayor parte de la crítica literaria en blogs, Pablo Muñoz lamenta, cómo, por desgracia, “la blogósfera convierte las tesis en síntesis”. Y en otro momento, sobre las cuestiones estéticas, sentencia: “una discusión sobre formas no puede constituir un debate serio”
Para mi lectura, al igual que para Mora, ésta ultima intervención ahonda en las anteriores y busca precisar el malestar que las anteriores atribuyen a la crítica o al establishement literario al situarlas dentro de un contexto, un algo en el cual todos estamos inmersos y que las condiciona, al sugerir lo frágil que sería quedarnos en las formas sin discutir el fondo o la intención que abrigan las obras. Apunta, me parece, a un estamento o modo de relación social del que todos participamos, y que define nuestro común estilo de vida.  Me refiero al mercado. De él depende nuestra supervivencia, dado que regula todo lo que se produce, distribuye y consume, incluidos los bienes culturales.
Ya vimos cómo a consecuencia de la revolución industrial nace la producción cultural, tal como la conocemos hoy, y se afirma el poder del mercado para las obras de arte, con la consiguiente subordinación estructural de los autores que aspiran a vivir de sus creaciones a las leyes del mercado.
Una vez aceptada esta dependencia, se trata de preguntarse de qué tipo de creaciones se trata. Si de un arte, como vimos, que conserva intacta su capacidad revulsiva y de investigación de formas nuevas a fin de ensanchar los límites del conocimiento y hacernos más libres, o de obras ramplonas y conformistas que, desactivadas de su carga de rebelión e invención, apenas buscan alimentar la producción mercantil.
Es ahí donde un debate sólo sobre la forma deviene estéril. Del mismo modo, no se pueden aplaudir los asombrosos descubrimientos que realizan los laboratorios sin preguntarse por su finalidad. Si son fármacos destinados a curar las enfermedades o a hacerlas crónicas.
Se trata, pues, de tomar conciencia de hasta qué punto los creadores y los críticos, en tanto generadores de opinión, somos responsables de alimentar la voracidad del mercado.
De momento, no vivimos bajo un régimen absolutista como nuestros antepasados, sometidos al capricho de unos aristócratas o gobiernos dictatoriales que justifiquen nuestra sumisión. Pero está claro que nuestra indiferencia influira para que más pronto que tarde el actual mercado de libre intercambio se transforme en el monopolio de unos pocos.

Tradición y Capital simbólico

Se me podrá argüir que a las escritoras no les interesa entrar en las luchas intestinas del campo literario, de acuerdo; pero conviene recordar que es la vía para obtener los beneficios simbólicos derivados de los reales. Es decir, la estima y el lugar en la historia literaria que merecen sus obras, indispensables para que un artista continúe su trabajo y no lo abandone.

Dos citas. Escribe Rosalía de Castro en una carta a una aspirante a poeta:

¿Qué falta hacemos, pues, tu y yo, entre ese tumulto devastador? Ninguna, y lo que sobra está siempre de más.

Años después, en 1950, Angela Figuera Aymerich dirá en su “Exhortación impertinente a mis hermanas poetisas”:

Porque amigas, os pasa que os halláis en la vida
Como en una visita de cumplido. Sentadas
Cautamente en el borde de la silla. Modosas.

Eva quiso morder la fruta. Mordedla.
Y cantad el destino de su largo linaje
Dolorido y glorioso. Porque, amigas, la vida
Es así: todo eso que os aturde y asusta.

El otro gran problema derivado de la no-lucha o resignación de las mujeres a no ver reconocidas sus obras que, necesariamente, pasa por su participación en el espacio literario, es que sus descendientes deben recomenzar todo desde cero. Para ponerlo con un ejemplo claro:  es como si cada nueva generación de mujeres tuviera que tomar la decisión, por vez primera, de salir a la calle en pantalones como hizo George Sand hace siglo y medio. Es decir, no legan ningún “capital simbólico” a las poetas venideras.
Conviene recordar lo que Sand dijo acerca de sus pantalones: “Mis ropas no conocían el miedo” Porque lo difícil, si aplicamos el símil a las letras, no es tanto escribir desde un sujeto tradicionalmente neutro como el masculino sino atreverse con el connotado femenino, históricamente reprimido y regulado.
La historia oficial no estudia la manera en que  nuestras antepasadas lograron desarrollarse en un medio que les era hostil, ni de qué modo resolvieron los problemas formales para inscribir sus creaciones en una tradición ajena. Y cuando digo ajena, me refiero a que deben expresarse en un lenguaje que acumula unas representaciones de mujer que ellas, de algún modo encarnan, y que vienen con el acervo de la lengua. La lengua recoge el eco y el reverbero de los autores pasados que encasillaron a las mujeres en representaciones maniqueas: madre, musa, santa, o bruja, lasciva, adúltera, etc. Pero no sólo vienen las representaciones con la lengua heredada, sino todo un sistema de relaciones ya codificadas. Por ello se ha hablado de “subvertir” el lenguaje. Lo que se está subvirtiendo es el sujeto lírico clásico femenino, para reemplazarlo con otros sujetos inéditos, puestos en situaciones insólitas hasta entonces.
Cuando las mujeres empiezan a escribir en bloque, digamos, se encuentran con estos estereotipos. Las fuertes, los rompen; las más débiles no se atreven, y escriben esos versos edulcorados y femeninos, por los cuales se reconoce a toda la lírica escrita por ellas. Para éstas era más importante mantener el respeto de sus contemporáneos, que atreverse, como urgía Angela Figuera, a dejar de ser modosas. Ignoraban la trampa en que caían al seguir las coordenadas de su época, para mantenerse dentro de las convenciones. Pues, si bien eras respetadas como “mujeres”, se las despreciaba como escritoras. Por aquello de adaptarse a los términos del deseo masculino, dejarse persuadir por él y dar su consentimiento, muchas poetas se construyeron a si mismas en el poema, según la expectativa masculina de lo que debía ser una mujer. Esta tradición, la de la poesía femenina, es la que los hombres, curiosamente, siempre sacan a relucir; se olvida que por entonces había autoras que rompían el estereotipo y consignaban cosas inauditas como Rosalía de Castro, o Carolina Coronado, la llamada musa roja, por ejemplo. Es preciso, entonces, que las autoras se mantengan vigilantes para que la tradición no se vuelva traición.

En una entrevista que me hizo la poeta Ana Nuño, por entonces directora de la Revista Quimera de Barcelona, en el nº 167 de marzo de 1998  abogo porque: las escritoras separen el grano de la paja y rescaten a las grandes olvidadas que les servirán de puntales y plataforma, amén de utilizar toda el acervo de la lengua, todas las tradiciones que conozcan a su favor, para jugar y revisar y resignificar, y crear objetos verbales inéditos. Y si hace falta, traicionar sin pizca de remordimiento a Shakespeare, a Dante o Quevedo, que, a buen seguro, se revolverían en sus tumbas de asombro al ver que, por fin, las mujeres hablan y se convierten en interlocutoras válidas. ¿por qué? Qué otra cosa hacemos sino homenajearlos y revitalizarlos al orquestar a nuestra manera sus temas, dándoles una continuidad insospechada.
Nueve años después las jóvenes poetas han recogido el guante y en el Encuentro Transgeneración 1.0  irrumpen con fuerza con una propuesta que indica hasta que punto  son conscientes de los problemas especificos con los que se enfrentan las mujeres al intentar inscribir sus creaciones en el campo literario a comienzos del siglo veintiuno. Transcribo parte de sus declaraciones porque a mi entender  ofrecen una via de salida lúdica y lucida la encrucijada actual:
Harold Bloom, el crítico literario, explica la Historia de la Literatura como una larga sucesión de parricidios: una generación de escritores sólo halla su lugar matando a la generación anterior. Si a esto unimos que la mujer es el objeto poético por excelencia, nuestras autoras se ven enfrentadas a una trágica situación. Condenadas a la pasividad de la musa, que inspira pero no crea, y obligadas a matar al padre, más o menos legítimo, sólo les queda una oportunidad: convertir el mismo sacrificio en una obra de arte. Resucitar a ese progenitor en su propia piel. Vestirse de hombre, pasar por él.  Arrebatarle, cuando menos se lo espere, la pluma.  Una pluma que durante mucho tiempo ha sido metáfora del poder.
Este arrebato lírico podría suceder de otro modo.  Recuperar de manera filológica aquellos ancestros femeninos: la pista, más o menos olvidada, de las mujeres escritoras. Pero no, nuestras autoras aman a Valle-Inclán, Poe y Sade, son atentas lectoras del testamento paterno, del padrastro, quién sabe. Si todas se hubiesen disfrazado de Safo, estas fotos no reflejarían la enorme variedad de la poesía escrita por mujeres. Su poética se sostiene sobre unos pilares más fuertes, trabajan con referencias que no renuncian al pasado: ni a hombres, ni a mujeres. En lugar del asesinato violento, propio de otros tiempos, estas autoras prefieren usar los somníferos. Que descansen los hombres, ya les invitaremos a otra fiesta.

jueves, 10 de octubre de 2013

“Genialogías: XI Encuentro entre mujeres poetas” reúne a treinta autoras en Madrid

El evento se celebró en la Fundación Entredós el pasado cinco de octubre

El pasado cinco de octubre se reunieron en Madrid alrededor de 30 poetas españolas de distintas generaciones, en el marco de “Genialogías: XI Encuentro entre mujeres poetas”, un evento que tuvo lugar en la Fundación Entredós. “Genialogías” aspira a recuperar el espíritu de los “Encuentros entre mujeres poetas” que tuvieron lugar entre 1996 y 2005 en diversas partes de España. En la reunión se abordaron temas tan importantes como el efecto de la crisis o del canon en la escritura de mujeres en nuestro país, y se culminó con la iniciativa de organizar unas jornadas sobre historiografía de la poesía escrita por mujeres. Por Yaiza Martínez.      


Las poetas Elsa López (izquierda) y Martha Asunción Alonso, el pasado cinco de octubre
en el Encuentro celebrado en la Fundación Entredós de Madrid. Imagen: Viky Frías.



       El pasado cinco de octubre se reunieron en Madrid alrededor de 30 poetas españolas de distintas generaciones, en el marco de Genialogías: XI Encuentro entre mujeres poetas, un evento que tuvo lugar en la Fundación Entredós.

Genialogías aspira a recuperar el espíritu de los Encuentros entre mujeres poetas que tuvieron lugar entre 1996 y 2005 en Vigo, Córdoba, Lanzarote, Málaga, Barcelona, San Sebastián, Granada, Vitoria-Gasteiz, Montevideo y Madrid, y en los que participaron figuras destacadas de la poesía de nuestro tiempo, como Noni Benegas, Concha García, Elsa López, Olvido García Valdés, Aurora Luque, Juana Castro, Chantal Maillard, Ángela Serna, Chus Pato, Ángeles Mora, Ana Rossetti, María Cinta Montagut o Julia Barella.

En ellos se rindió homenaje, entre otras, a María Teresa León, Elena Martín Vivaldi, Pino Ojeda, Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcin o Rosa Leveroni; y se estudió la obra de muchas mujeres del pasado y de la actualidad, autoras españolas y de otras nacionalidades y lenguas; se revisó el canon, y se reflexionó sobre el hecho poético, su realidad y sus desafíos.



Una nueva etapa

En esta ocasión, Genialogías arrancó con una reflexión sobre el efecto de la crisis económica en la poesía escrita por mujeres en España.

En el encuentro se destacó el aumento de las dificultades para publicar y dar a conocer la obra de autoras, en parte debido a que las editoriales arriesgan cada vez menos con nombres poco conocidos. Este sesgo afecta en especial a la escritura de mujeres, históricamente más invisibilizada que la de sus homólogos varones.

Como contrapunto, en la reunión se puso en valor el papel de Internet como plataforma compensatoria, dado que permite dar a conocer y promocionar la escritura de mujeres, aunque con matices, pues la Red no deja de ser un marco a menudo demasiado “ruidoso” y poco selectivo, según las poetas. También se habló de la potenciación del ebook como medio de publicación de la poesía de autoras.      

       Otro momento de "Genialogías", en el que interviene Concha García (al fondo). Imagen: Viky Frías.      

Iniciativas y proyectos

A continuación se abordó el tema del canon actual de la poesía española, en el que las poetas consideran no están lo suficientemente representadas. Las autoras expresaron la importancia del papel de la crítica para remediar esta situación, señalando que la reflexión sobre la poesía escrita por mujeres elaborada por otras mujeres puede ser un punto de partida.

La intervención de poetas jóvenes, como Nieves Muriel o Laura Casielles, confirmó la importancia de esta actividad, pues ambas señalaron que la labor crítica sobre poesía de mujeres realizada por autoras como Noni Benegas, Sharon Keefe Ugalde, Noel Valis o Concha García en el pasado ya había influido en sus trayectorias y obras modificando para siempre su propio “canon”.

Por último, autoras que se dedican profesionalmente a la docencia, como Olga Muñoz Carrasco o María García Zambrano, señalaron la necesidad de generar un canon de poesía más integrador desde la enseñanza de la poesía en institutos y universidades.

El XI Encuentro de mujeres poetas culminó con la puesta en marcha de unas jornadas sobre historiografía de la poesía escrita por mujeres, que tendrán lugar en la primavera de 2014; así como con la confirmación de la continuidad de estos Encuentros y del deseo común de seguir trabajando en la proyección, el desarrollo y la integración de las voces femeninas en el contexto literario, histórico y social de nuestro país. 

Fuente: Tendencias21      

Algunas otras fotos de aquella primera reuníón (Fotos: Viky Frías)



        "Genialogías". Imagen: Viky Frías.      


    "Genialogías". Imagen: Viky Frías.  

    "Genialogías". Imagen: Viky Frías.  

domingo, 6 de octubre de 2013

Segunda reunión

La próxima reunión de Genialogías será el 1 de marzo de 2014
Lugar: Fundación Entredós

Tema: ¿Qué historiografía me reveló qué?

Primera reunión: la gestación

Día 5 octubre de 2013
Lugar Fundación Entredós. Madrid

Rosa, Concha, Nieves, Beatriz, Noni, Julia, Cecilia e Isla
 Las islas que formaban individualidades y grupos de mujeres poetas repartidas por la geografía española desde los años 80, contaron con hitos editoriales como la publicación de las antologías de género Las Diosas Blancas (Ramón Buenaventura, Hiperión 1985), Conversaciones y Poemas ( Sharon Keefe Ugalde , Siglo XXI, Editores, 1995) , Ellas tienen la palabra (Noni Benegas-Jesús Munárriz, Hiperión 1997), En voz alta (Sharon Keefe Ugalde, Hiperión 2007), Ilimitada voz (José María Balcells, Universidad de Cádiz 2003) o Trato preferente (Balbina Prior, Sial 2010).

Pero no menos importantes fueron los Encuentros anuales de Poetas mujeres celebrados entre 1996 y 2005, encuentros que tuvieron lugar en Vigo (1996),  Córdoba (1997), Lanzarote (1998), Málaga (1999), Barcelona (2000), San Sebastián (2001), Granada (2002) y Vitoria-Gasteiz (2005).

En ellos se rindió homenaje a María Teresa León y las Poetisas del 27, a Elena Martín Vivaldi, a Pino Ojeda, a Josefina de la Torre, a Ernestina de Champourcin, a Rosa Leveroni

Se estudió la obra de muchas mujeres del pasado y de la actualidad, autoras españolas y de otras nacionalidades y lenguas, se revisó el canon y se reflexionó sobre el hecho poético, su realidad y sus desafíos. Y sobre todo escuchamos poesía, se leyó la poesía que en esos momentos se estaba escribiendo y publicando por parte de las mujeres. Pero esa actividad, de la que los medios apenas se hicieron eco a pesar de su trascendencia, aún queda por historiar.  

Paralelamente, conseguimos que los jurados de los premios y reconocimientos sostenidos con fondos públicos fueran obligadamente paritarios, algo a lo que no fue ajeno el hecho de que en 4 años se otorgaran 3 Premios Nacionales de Poesía (Julia Uceda-2003, Chantal Maillard-2004, Olvido García Valdés-2007) después de que no hubiese una sola mujer premiada durante los 25 años de nuestra democracia posfranquista. Posteriormente también obtuvieron ese reconocimiento Paca Aguirre y Laura Casielles, esta como autora joven, ambas en 2011.

Estos logros fueron fruto de una toma de conciencia que derivó en solidaridad, no en rivalidad.

En estos momentos, cuando la crisis económica afecta también a editoriales, actos, seminarios o bibliotecas, un grupo de poetas hemos creído que sería alentador y estimulante el que nos reuniéramos libremente para repensar nuestra situación y la de la poesía.

Será una jornada, la del sábado 5 de octubre de 2013 a las 11.00 horas, en la Fundación Entredós de Madrid, y para ello podemos proponer una serie de puntos a modo de orden del día, aunque lo importante ahora es intercambiar posturas, opiniones, experiencias… y si es posible, retomar alguna vieja-nueva ruta que pueda sernos útil: para la poesía, para nosotras y para las que vendrán detrás. En el siguiente enlace podéis encontrar la dirección y el mapa de la Fundación Entredós; así como el modo de llegar hasta ella:




María G. Zambrano, Nuria Ruiz de Viñaspre, Concha García

Concha García, Julia Barella, Juana Castro, Beatriz Russo


TEMAS-PUNTOS:


1.- ¿En qué aspectos y de qué modo ha afectado la crisis a la poesía y a sus autoras mujeres?

2.- ¿Hay en estos momentos una vuelta atrás en cuanto a la valoración y presencia de las autoras?

3.- La voz de las más jóvenes. Cómo lo viven, qué piensan, cómo se sienten.

4.- La historiografía literaria femenina es una lucha continua contra el olvido. ¿Qué podríamos hacer? ¿Qué deseamos? ¿Qué echamos en falta? ¿Cuándo y por qué nos sentimos satisfechas, alegres?

5.- ¿Cómo nos sentimos dentro o frente a las Asociaciones de Escritores, de Críticos, Cátedras de Género, Fundaciones, Universidad, etcétera?

6.- Sobre la invisibilidad de la poesía escrita por mujeres, ¿qué parte de responsabilidad nos toca? ¿Ponemos en valor lo que hacemos? ¿Hablamos o hacemos público el trabajo de otras escritoras? ¿Nos molestamos en darnos a conocer?

7.- Propuestas –comunes, de grupo–  para la intercomunicación y la mediación: relaciones intergeneracionales.

8.- Conclusiones y Otras Propuestas


Noni Benegas, Eva Chincilla, Cecilia Quílez
Yaiza Martínez, Olga Muñoz Carrasco

*algunas fotos del primer encuentro en Madrid, el 5 de octubre 2013