lunes, 22 de septiembre de 2014

ACTA III ENCUENTRO DE GENIALOGÍAS (20 DE SEPTIEMBRE DE 2014)








Celebrado el 20 de septiembre de 2014 en la Fundación Entredós de Madrid, al encuentro asisten las siguientes autoras y editoras: Olga Muñoz Carrasco, Rebeca Álvarez Casal, Rosario Goróstegui, Julia Barella, María García Zambrano, Eva Chinchilla, Viky Frías Ruiz, Nieves Álvarez, Raquel Serdio, Isabel Navarro, Juana Castro, Yaiza Martínez, Ana Mañeru, Milagros Montoya, Idoia Arbillaga, Cecilia Quílez, Pilar Martín Gila, Carmen Oliart, Luisa Antonlín, Lilián Palladares, Helena Rodríguez, Adoración Campos, Ana Barbadillo, Antonia Roig, Mercedes Merino.

- El Encuentro comienza con la presentación de cada una de las poetas y una lectura encadenada de poemas (muy emotiva; da gusto oíros).

- Se discuten a continuación diversos puntos pendientes de la EDICIÓN DE TEXTOS DESCATALOGADOS DE DIVERSAS AUTORAS:

               1. Se comunica que se ha conseguido el consentimiento y la cesión de derechos de textos descatalogados de seis poetas: Elsa López, Juana Castro, Ana Rosetti, Luz Pichel, Mª Victoria Atencia, Julia Uceda. Por supuesto, nos congratulamos, y mucho. NOTA: También ha aceptado –justo un día después de la reunión- PACA AGUIRRE (gracias a las gestiones de Noni Benegas).

               2. Cecilia Quílez, editora de Tigres de Papel, ofrece la plataforma digital de su editorial para la EDICIÓN DIGITAL de los libros. Para la EDICIÓN EN PAPEL propone, para la inversión inicial, hacer un crowdfounding.

Como inicialmente SABINA EDITORIAL se había ofrecido para editar los libros, pero carece de plataforma digital, las representantes de ambas editoriales (Cecilia Quílez, Carmen Oliart y Ana Mañeru) quedan para esta semana para determinar la mejor fórmula de actuación. También para decidir si las publicaciones se harán en digital y papel al mismo tiempo, fechas de publicaciones, etc.  
              
 3. Se decide que los libros en digital no serán gratuitos sino que tendrán un precio simbólico, que no se ha definido todavía.
                
4. Las condiciones económicas serán: en la EDICIÓN DIGITAL, un 50% de beneficios serán para la editorial por ventas, y otro 50% para la Asociación Genialogías (como fondo para futuros congresos, desplazamientos de autoras, etc.)
                
5. En papel, se habla de editar unos 300 ejemplares por título (Elsa López).
                
6. Se decide que debe quedar claro que la edición es un proyecto de Genialogías (independientemente de la editorial que finalmente la realice), que busca reivindicar el reconocimiento de las poetas y su lugar dentro de un potencial “canon alternativo” (Isabel Navarro). Se plantea, por esa razón, la creación de un sello o colección con el nombre de “Genialogías”. 

- A continuación Nieves Álvarez nos informa de ayudas a nivel europeo que podrían servir para edición y proyectos. No queda claro que podamos aprovechar alguna de ellas, pero Nieves se ofrece a indagar.

- Se propone entonces registrar “Genialogías” como marca –para los libros- o crear una “Asociación Genialogías” para tener una infraestructura desde las que pedir ayudas etc. Poetas que ya tienen otras asociaciones recomiendan esta opción (Pilar Martín Gila, Eva Chinchilla, Julia Barella). Finalmente, se decide fundar una asociación. Para ello, se ofrecen seis poetas: Rebeca Álvarez Casals (cargo: Presidenta), María García Zambrano e Isabel Navarro (cargo: secretarias); Antonia Roig (cargo: Tesorera); Julia Barella y Ana Mañeru (cargo: alientos, que no es poco y siempre viene bien). Establecen quedar un día de esta semana o la siguiente para hacer el papeleo y presentarlo. 

 Como se necesita una cantidad de dinero para crear la Asociación, cada poeta de las allí presente (fue por la tarde, y algunas ya se habían ido) puso 5 euros. En total, se reunieron 100 euros. Las que ya han pagado son: 1. Dori Campos, 2. Rosario de Gorostegui 3. Elsa López 4. Juana Castro 5. Luisa Antolín 6. Ana Mañeru Méndez 7. Vicky Frías 8. Antonia Roig 9. Olga Muñoz 10. Isabel Navarro 11. Yaiza Martínez 12. Raquel Serdio 13. Rebeca Álvarez del Casal 14.María Milagros Montoya 15. Pilar Martín Gila 16. María G. Zambrano 17. Julia Barella 18. Eva Chinchilla 19. Nieves Álvarez 20. Ana Barbadillo.
 
Se propone que el resto de “Genias” paguen también esta “cuota” inicial de la Asociación en las próximas reuniones. El dinero sobrante de la apertura de la Asociación se irá reservando en el fondo que más tarde se destinará a actividades, desplazamientos, labor editorial, etc. 

- Por último, se habla de la posibilidad de organizar unas jornadas sobre las autoras editadas en la Universidad de Alcalá (Julia Barella) y la de Saint Louis de Madrid (Olga Muñoz Carrasco), para mediados de noviembre de 2015. Se propone el título de “Descatalogadas” para estas jornadas y hacer un llamamiento a los medios de comunicación presentando los 6 títulos juntos (Isabel Navarro). 

- Se establece fecha de próximo encuentro: SÁBADO 14 DE MARZO DE 2015.



lunes, 3 de marzo de 2014

ACTA II ENCUENTRO DE GENIALOGÍAS (MARZO DE 2014)











Celebrado el 1 de marzo de 2014 en la Fundación Entredós de Madrid, al encuentro asisten las siguientes autoras: Olga Muñoz Carrasco, Noni Benegas, Rebeca Álvarez Casal, Rosario Goróstegui, Julia Barella, María García Zambrano, M. Cinta Montagut, Beatriz Russo, Eva Chinchilla, María Ángeles Pérez López, Viky Frías Ruiz, Nieves Álvarez, Raquel Serdio, Julieta Valero, Nieves Muriel, Isabel Navarro, María Rosal, Juana Castro, Elena Fernández Treviño, Yaiza Martínez, Ana Mañeru, Milagros Montoya y Nuria Ruiz de Viñaspre.



- El Encuentro comienza con la presentación de cada una de las poetas y una lectura encadenada de poemas. SE PROPONE FORMAR UNA SOLA COMPOSICIÓN CON LOS VERSOS LEÍDOS PARA PUBLICARLA EN EL BLOG DE GENIALOGÍAS. No se define quién se encargará de esta labor (pendiente).

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 - Campo simbólico literario. Cada una de las poetas habla de su propio campo simbólico vinculado a la lectura de autoras. Juana Castro señala que “las mujeres me han influido sólo por estar ahí”. Se constata una influencia casi generalizada de Alejandra Pizarnik en las autoras. Otros nombres de poetas que emergen son (ver lista al final).


- Publicaciones de mujeres y su visibilidad: Noni Benegas plantea la cuestión de las publicaciones digitales (situación actual, futuro), y se PROPONE LA PUBLICACIÓN DIGITAL DE TEXTOS DESCATALOGADOS DE 10 POETAS IMPORTANTES, PARA SU PUBLICACIÓN EN LA PLATAFORMA DE SABINA EDITORIAL: Ana Moix, María Victoria Atencia, Julia Uceda, Ana Rosetti, Juana Castro, Chantal Maillard, Olvido García Valdés, Blanca Andreu, Paca Aguirre y Luz Pichel.


- Se reparten las búsquedas de aprobación y cesión de derechos de las autoras: M. Cinta-Ana Moix; Juana Castro-Mª Victoria Atencia; Noni Benegas-Julia Uceda; María Rosal-Ana Rosetti; Julia Barella-Juana Castro; M.Cinta-Chantal Maillard; Olga Muñoz, Julieta Valero, Yaiza Martínez-Olvido García Valdés; Julieta Valero-Blanca Andreu; Noni Benegas-Paca Aguirre; Eva Chinchilla, Nuria Ruiz de Viñaspre-Luz Pichel. Se acuerda que Yaiza Martínez escriba guion para dirigirse a autoras (entrega 6 de marzo 2014) y entregar respuestas afirmativas o negativas a Noni Benegas el 14 de abril de 2014.


-  Propuesta de Julia Barella sobre la posibilidad de organizar un encuentro en la Universidad de Alcalá. Se acuerda que el tema, al igual que la posibilidad de organizar un encuentro también en la Universidad de St. Louis (Madrid) de la mano de Olga Muñoz Carrasco, se retomará en el encuentro de septiembre.


- Por último, se establece que la fecha para el próximo encuentro sería el sábado 20 de septiembre de 2014.


- Autoras mencionadas: Juana de Ibarbourou, Ana Rosetti, Chantal Maillard, Julia Uceda, Olvido García Valdés, Alfonsina Storni, Mª Victoria Atencia, Juana Castro, Cristina Campo, Nicole Brossard, Ivonne Bordelois, Katy Parra, Raquel Lanseros, Blanca Varela, Olga Orozco, Idea Vilariño, Marosa di Giorgio, Sor Juana Inés, Marian Bárcenas, Mª Auxiliadora Álvarez, Edelmira Agustina, Elba de Loizaga, Susana Tenón, Sharon Olds, Louise Glück, Sylvia Plath, Adrianne Rich, Anne Michaels, Clara Janés, Ida Vitale, Ana María Navales, Piedad Bonet, Mª Eloy García, Blanca Andreu, Ada Salas, Julia Barnes, Clarice Lispector, Luisa Castro, Ángela Figuera, Elfriede Jelinek, Margaret Atwood, Margaret Yourcenar, Eva Lipska, Wisława Szymborska, etc.




lunes, 14 de octubre de 2013

Las mujeres y la escritura: ¿literatura femenina o reivindicación literaria?


por Noni Benegas

“Iluminando la palabra: Las Mujeres y la Escritura” Instituto de la Mujer de la Región de Murcia, 2007


Para analizar la exclusión de las escritoras de la historia literaria y de los espacios de reconocimiento representados por las antologías canónicas, los premios nacionales, la participación en los Jurados y la prensa de opinión o el sillón vitalicio de la Real Academia, es decir, de todo lo que el campo literario en cuanto tal activa como mecanismos de consagración, hay que remontarse al siglo XIX cuando éste, según lo define Pierre Bourdieu  en un ensayo clave: “Las Reglas del Arte, Génesis y estructura del campo literario”, se configura como tal a consecuencia de profundos cambios en el panorama social y político de la época. Pero este evento no bastaría por si solo para explicar las exclusión de las autoras. La creación del campo literario va de par con el movimiento romántico que agita las subjetividades por entonces y que en el caso español ha descrito con suma pericia Susan Kirkpatrick en su ensayo “Las románticas: escritoras y subjetividad en España, 1835-1850”.


El campo literario

Como he apuntado en el estudio preliminar a la antología “Ellas tienen la palabra: dos décadas de poesía española” de la que soy autora junto con Jesús Munárriz, (Hiperión 1997,1998 y 2006) los años setenta del siglo veinte fueron ricos en creación poética y les cupo a las autoras que, nacidas a finales de los años treinta y cuarenta empiezan a publicar por entonces, llevar a cabo lo que he llamado transición lírica, entre las poetas de posguerra y las que emergen en los ochenta.
Sin embargo, en mi estudio me remonto hasta las románticas, concretamente a las poetas que surgen a mediados del siglo diecinueve al socaire del movimiento romántico que gana las literaturas europeas, y por una razón: es cuando cambia el panorama social en España.
La revolución industrial propicia el ascenso de nuevas clases al poder político y económico, y como resultado, se modifica la estructura del mundo de la cultura, que deja de depender del mecenazgo privado de un puñado de protectores aristocráticos para empezar a adquirir su fisonomía actual.
La prensa comienza a ser cada vez más rentable –como ejemplo diré que si en 1836 aparecen en Madrid  36 nuevas publicaciones, en 1850 se multiplican hasta 150, muchas de las cuales están dirigidas a un público femenino. Otro tanto sucede en las capitales de provincia. Por otra parte, en 1857 se aprueba la ley que obliga a crear escuelas públicas también para niñas. La escritura deja de ser, entonces, el privilegio de unas pocas nobles, monjas o hijas de letrados, y mujeres de diversos estamentos sociales comienzan a tener acceso a la educación.
Con el desarrollo de la prensa y de la industria editorial modernas florecen nuevas profesiones alrededor de las letras: periodistas, críticos, editores, ilustradores, traductores, correctores… Nace la producción cultural tal como la conocemos hoy, y se afirma el poder del mercado para las obras de arte.
Como corolario, poco a poco comienza la subordinación estructural de los autores que aspiran a vivir de su arte a las leyes del mercado, e indirectamente, a los puestos de trabajo que éste genera.
El mecenazgo privado es gradualmente reemplazado por el de Estado y las prebendas que este otorga:  distinciones honoríficas, cargos o puestos bien remunerados de la política cultural y el poder mediático, o sillón vitalicio en la Academia, como se dijo al principio.
Esto da lugar a la aparición de unas relaciones de poder en un feudo nuevo y apetecible: el campo literario, íntimamente vinculado con el campo político y económico. Hay una estrecha articulación entre ambos espacios, por un lado, los que ostentan el poder político tratan de imponer su visión a los artistas y apropiarse de la consagración y legitimación de que éstos gozan, logrados, en particular, a través de la prensa literaria y de opinión; por el otro, los escritores y artistas actúan como auténticos grupos de presión, y luchan entre sí para controlar los beneficios materiales y simbólicos repartidos por el Estado.
Esta subordinación de los autores al poder político implica tomar compromisos e imponer determinadas tendencias en desmedro de otras, con el fin de hacerse una posición dentro del “campo en vías de constitución”, y disfrutar de los beneficios que de él se deriva 


Poetisa

A grandes rasgos, tal es el panorama cuando docenas de mujeres, animadas por el movimiento romántico que estimula la libre expresión de los sentimientos emergen, y comienzan a publicar sus poemas en una prensa en rápida expansión. Es entonces cuando, casualmente, se generaliza el desprecio por la poesía escrita por mujeres y el término poetisa adquiere la connotación negativa que no perderá hasta nuestros días. Pues las autoras de hoy heredan el desprecio que el campo literario dispensó a sus antepasadas en el momento en que cambiaron las reglas del juego, y el éxito o aupamiento del escritor dejó de estar sujeto al capricho de unos protectores aristocráticos, para ser reemplazado por el mecenazgo de estado al cual, teóricamente, todos pueden aspirar por igual.
¿Cómo no ver, pues, que la creación de la figura entre risible y patética de la poetisa, se debe, más que al bajo nivel de las autoras, a intereses muy precisos de los que dominan el campo literario en vías de constitución por entonces; intereses que buscan excluirlas para eliminar desde el comienzo y en bloque a cuantos más aspirantes sea posible a fin de reservar esos beneficios para si mismos? Lo curioso es que hasta ese momento a los hombres no les habían importado nada las mujeres que escribían poesía. Es evidente que en el momento en que aparece algo para repartir, lo más sencillo es quitar de en medio a los que tienen una posición más frágil, descalificándolos. Es decir, se cubren en salud para proteger y reservarse los beneficios reales.
Pero hay más. Me remito a un ejemplo de la época porque el tiempo ya ha hecho su tamiz y la distancia nos permite apreciar hasta qué punto las mujeres escritoras suponen una amenaza que puede privar a los hombres de los beneficios simbólicos. Es decir, poner en cuestión su renombre y su fama e impedirles de este modo disfrutar de la parte de gloria que hay en los premios, o competir por un sillón vitalicio en la Real Academia, junto a los inmortales.
Porque, si en vez de escuchar la voz de un Antonio de Trueba, que vendió ocho ediciones de su libro y entró al “Parnaso” de la época con versos como estos:

¿No ves al feliz esposo
sellar con su labio fiel
la mejilla de la esposa
lleno de amor y placer?
Pues si nada de esto piensas
Pues si nada de esto ves,
Digo que no tienes alma
Ni corazón de mujer.

Se hubiera escuchado a su coetánea, Rosalía de Castro…

De las que cantan palomas y flores

Dicen que tienen alma de mujer…
¡Ay!… yo que no las canto,
¿de qué la tendré?

… ¿adónde hubieran ido a parar los beneficios simbólicos de Trueba, la fama de que gozó en su tiempo, para no hablar de los beneficios reales obtenidos con la venta de sus libros?
No hay que olvidar que la mujer, como el mar o la guerra, ha sido siempre un tópico de la poesía masculina.
Entonces, de lo que se trata es de impedir que ese objeto lírico se manifieste en tanto que sujeto, hable por si mismo, y comience a desdecir lo que de él han escrito y escriben los poetas: ese corpus lírico que conforma la llamada gran literatura, caracterizada, según afirman, por dar un tratamiento universal a los temas que trata. Tratamiento que, en realidad, es parcial y contingente, pues responde a los criterios de valor que prevalecen en el campo literario en un determinado momento histórico, como muestra el ejemplo. Pero era esto lo que la Academia consagraba.

Capital simbólico, Capital social

Se me dirá que hoy en día las mujeres publican, venden, ganan premios y están en todas partes. Es decir, obtienen beneficios reales. Pero, ¿qué significa publicar diez libros de poemas que se distribuyen malamente y desaparecen de las librerías? ¿y qué sentido tiene ganar premios de provincia, pronto olvidados, si no se obtiene el nacional o el de la crítica, ni entran en las antologías exegéticas, las que conforman el canon de un período y generan, por tanto, beneficios simbólicos?
Pues, en lo que hace a la calidad, no todos los poetas románticos y de las subsiguientes generaciones líricas  -1998, 1927, 1936, 1950, 1970- son tan buenos como para merecer entrar en los manuales de historia literaria. Pero por ser hombres se integran de hecho y pasan al canon, e incluso como voces menores son estudiados y figuran.
Nombres secundarios de una tradición literaria que, como los picos bajos y medianos de una cordillera, componen el horizonte y revelan la belleza de las cumbres mayores, pues, ¿de qué manera apreciaríamos la estatura de los grandes si se borraran los contemporáneos con quienes hubieron de medirse? En cambio, las mujeres aparecen, si aparecen, muy a la larga, como excepciones, una o dos por generación, y no se normaliza la entrada de las poetas menores. De ahí el interés actual por descubrir la obra de esa otra mitad desconocida y en ausencia de la cual  se han alzado y consagrado valores sujetos ahora a revisión.
¿Qué quiere decir que los poetas entran de hecho al campo literario por ser hombres? Simplemente, que tienen detrás una tradición que los legitima: heredan un capital simbólico acumulado por siglos de autores consagrados de su sexo, que les facilita su entrada. Verbigracia: la presencia permanente de sus antepasados en los retratos de las aulas, en los nombres de las calles y edificios emblemáticos, en las estatuas y monumentos, en los sellos, billetes y monedas, en barcos y aviones, etc. Para no hablar del capital social, las relaciones influyentes o “enchufes”, que poseen por haber dominado siempre la esfera pública y encontrarse en ella como pez en el agua; esa familiaridad heredada de su linaje masculino para negociar entre si y controlar los beneficios de la res pública. La trasmisión tan conocida de bancos, notarías, consultorios, estudios de arquitectura, empresas en general, de padres a hijos con una clientela afianzada a lo largo de generaciones.

Angustia de la influencia vs. Angustia de la autoría

Si por causa de este legado de siglos de autores consagrados de su género que legitiman su palabra el poeta auténtico puede llegar a sufrir la angustia de la influencia, teorizada por Harold Bloom, o sea, el temor a parecerse demasiado a sus maestros y no ser más que una nota al pie de pagina de ellos, la mujer que pretende escribir sufre de algo previo que paraliza su pulso, propio de los desposeídos: la angustia de la autoría.
Y es que carece de autoridades de su género que validen su palabra. Por esta causa, o bien se ha ocultado bajo seudónimo masculino, o ni siquiera ha firmado sus obras. Anónimo suele ser una mujer, al igual que en el gran arte colonial de Hispanoamérica, el de Quito, Cuzco y Potosí es un/a indígena, es decir, un subalterno no autorizado a firmar.
Esta angustia de la autoría no es nueva. Ya Sor Juana Inés de la Cruz, acorralada por la Iglesia, contesta con la famosa Carta Atenagórica, donde alza una impresionante genealogía de autoras que la han precedido, y que agrupa no sólo poetas, sino mujeres de leyes, de poder, científicas, teólogas, y filósofas para rescatar una tradición institucionalmente legitimada que la autorice a hablar, respaldada por esa autoridad que los siglos les ha ido reconociendo a una tras otra.
Mas no basta con que entren una o dos por generación. Una o dos no ponen en jaque las reglas del juego por ser excepciones previstas en las normas del campo literario; no forman un contingente con suficiente peso como para desestabilizarlo.

Las palabras de la tribu

La situación se prolonga hasta hoy con matices, pues si bien en los ochenta parecía que las poetas iban a conquistar el feudo de la lírica, en la práctica esto no ha ocurrido. Tienen, sí, un público fiel que va en aumento y un mercado; ganan premios, también, pero se demora su entrada en las antologías exegéticas, que ayudan a configurar el canon. La proporción de las autoras presentes en las selecciones supuestamente mixtas es mínimo y nunca se repiten los mismos nombres. Esto deja entrever que se las anexiona según el grado de afinidad que mantengan con la tendencia reflejada allí, para engrosar sus filas y ayudar a la consagración de los líderes del grupo en cuestión.
Hay entonces, por lo menos, dos razones por las cuales se impide su entrada:
La primera, porque son muchas, y los beneficios a repartir escasos, y la segunda, porque la novedad de asuntos y estilos que aportan modifica, como muestra el ejemplo de  Rosalía de Castro, las reglas de valor para todo el campo, que con su ingreso y consiguiente difusión pública se vería obligado a revisarlas.
Y es que se suele olvidar que la mayoría de las veces las tomas de posición “estéticas” en el campo literario obedecen a tomas de posición “políticas”; por ejemplo, los defensores de los metros clásicos contra el verso libre. Son maniobras excluyentes que sirven para retardar el reparto de los beneficios reales, y por tanto, de los simbólicos. Que lo que está en juego son estos beneficios, lo dejan bien claro declaraciones como la siguiente que se multiplican en la prensa de opinión: poetisas mías, atiendan vuestras mercedes a sus maridos e hijos, mantengan la casa en orden y déjense de versos malos y cochambrosos, que ya hay demasiados poetas que se dedican a ello con terca dedicación. Esto escribía un poeta y crítico en 1992.
Sin embargo, hay algo positivo en estas críticas. Y es que el sólo hecho de producir reacciones de exclusión o de rechazo es ya existir en un campo. Las poetas han puesto un pie allí y no parece que estén dispuestas a abandonarlo ni su público a dejarlas ir, para volver al status quo anterior.  Por esta razón, es peregrino seguir discutiendo en primer lugar sobre la calidad o no de las autoras, pues no se trata de que entren unas pocas por siglo y tardíamente.
Nadie cuestionó la excelencia literaria de Marguerite Yourcenar para impedir su ingreso a la Academia Francesa. Pero el célebre antropólogo Levi Strauss develó sin empacho la causa de su oposición: no se cambian las reglas de una tribu, dijo. Esto debería llevar a interrogarnos sobre el ancestral rechazo masculino a facilitar la presencia de mujeres en determinados cotos cerrados, no casualmente responsables del cuidado y actualización de la lengua, sismógrafo, por definición, de las tendencias racionales e irracionales de una comunidad de hablantes.

Hors champ, o Fuera de campo

Es evidente que mucho de lo que hoy sucede en los márgenes, es decir, los temas y nuevos enfoques que surgen de la pluma de las escritoras influencia y modifica lo que sucede dentro del campo literario. Este “fuera de campo” tiene su equivalente en el llamado “hors champ” teorizado por Teresa de Lauretis, cuando observa que lo que queda fuera del marco en un plano cinematográfico interviene dando continuidad y sentido a la narración que aparece en la pantalla. Así,  la perspectiva de las autoras está modificando sustancialmente lo que ocurre dentro del campo literario.
Hace más de una década, Antonio Gala intentaba averiguar a través de la poeta canaria Elsa López, excelente y desconocida del gran público, cómo se vivía la menopausia para incluirla en sus columnas del diario “El País”. O  una inédita Violeta Rangel ganaba un conocido premio de Andalucía con un poemario cuajado de tópicos sobre sus experiencias en un prostíbulo de Marsella; una vez abierta, la plica descubrió a un autor masculino con varios libros anteriores,  cuya vida –casado y con hijos- no parecía demasiado próxima al asunto.
De hecho, las jóvenes autoras han reaccionado con humor y en el Encuentro “Transgeneración 1.0 Encuentro de Mujeres Poetas Jóvenes”, que tuvo lugar en Málaga el 22, 23, y 24 de marzo de 2007, abrieron un debate sobre la poesía actual española alrededor de las siguientes cuestiones: ¿Existe una poesía femenina escrita por hombres? ¿La poesía femenina ha muerto? ¿Debemos seguir haciendo estas preguntas? ¿Van sobrando estereotipos y faltando ideas?
Sin embargo, si hilamos fino, esa aproximación a las vivencias femeninas realizada por muchos autores recuerda la que en los años ochenta se gestó alrededor de una presunta nueva sentimentalidad, cuya finalidad era intentar acercar la poesía al lector mediante el ablandamiento de la palabra poética con versos fáciles de entender de una sentada. En realidad, lo que se intentaba normalizar era la complejidad de la vida para resumirla en una letra plana y sin segundas, o cuyo estribillo de épocas pretéritas,  aprendido de memoria en los manuales escolares, fuera reconocible.  Es decir, hubo una concurrencia entre los bardos y el mercado para aprovechar el tirón de las canciones de moda o de los clásicos del siglo de oro, aquí y ahora, en versión ligth.
Es decir, ni más ni menos que el equivalente a los Antonios Maura de hoy, para agotar ocho ediciones como él en sus tiempos, sustrayéndole a la palabra poética lo que le es propio:  capacidad de rebelión –su poemario fue prologado por el presidente de España de entonces, y de revelación o exploración de lo desconocido que sí tuvieron un Quevedo o una Juana Inés de la Cruz cuando pusieron en palabras frescas y formas nuevas lo que los demás ignoraban o no se atrevían a decir.

Literatura y Mercado

En octubre pasado una conocida librería de Barcelona convocó un debate sobre la llamada “Generación Nocilla” –un supuesto grupo de autores jóvenes así bautizados por la prensa-  cuyas conclusiones recoge Vicente Luis Mora en su blog.
Eloy Fernández Porta, tras ver cómo fueron recibidas sus primeras obras, opina que: “el establishment literario nacional tiende a normalizar las propuestas estéticas alternativas o arriesgadas de los más jóvenes buscando en los libros cuatro referencias pop, sacándolas de contexto, sin explicar si están ahí como modelo o como estereotipos culturales a destruir, encajando rápida y fácilmente la obra bajo el marchamo ‘pop joven fresquito’,  desactivando lo que de renovador, afterpop y crítico con el sistema de referencias habituales tenía, precisamente, la propuesta”.
A su vez, la poeta Miriam Reyes llama la atención sobre la resistencia y falta de entendimiento del corpus crítico ante: manifestaciones literarias que superan la letra impresa, y que se insertan en dinámicas multidisciplinares, digitales o próximas a las artes plásticas.
Recibimos señales de todos los medios –aclara- y es natural que intentemos devolverlas de la/s misma/s forma/s”.
Es decir, no sólo se “normalizan” los contenidos, por reducción a los modelos de la música pop, sino que se ahoga la experimentación formal vista como amenaza para los soportes tradicionales.
Por último,  al referirse a la mayor parte de la crítica literaria en blogs, Pablo Muñoz lamenta, cómo, por desgracia, “la blogósfera convierte las tesis en síntesis”. Y en otro momento, sobre las cuestiones estéticas, sentencia: “una discusión sobre formas no puede constituir un debate serio”
Para mi lectura, al igual que para Mora, ésta ultima intervención ahonda en las anteriores y busca precisar el malestar que las anteriores atribuyen a la crítica o al establishement literario al situarlas dentro de un contexto, un algo en el cual todos estamos inmersos y que las condiciona, al sugerir lo frágil que sería quedarnos en las formas sin discutir el fondo o la intención que abrigan las obras. Apunta, me parece, a un estamento o modo de relación social del que todos participamos, y que define nuestro común estilo de vida.  Me refiero al mercado. De él depende nuestra supervivencia, dado que regula todo lo que se produce, distribuye y consume, incluidos los bienes culturales.
Ya vimos cómo a consecuencia de la revolución industrial nace la producción cultural, tal como la conocemos hoy, y se afirma el poder del mercado para las obras de arte, con la consiguiente subordinación estructural de los autores que aspiran a vivir de sus creaciones a las leyes del mercado.
Una vez aceptada esta dependencia, se trata de preguntarse de qué tipo de creaciones se trata. Si de un arte, como vimos, que conserva intacta su capacidad revulsiva y de investigación de formas nuevas a fin de ensanchar los límites del conocimiento y hacernos más libres, o de obras ramplonas y conformistas que, desactivadas de su carga de rebelión e invención, apenas buscan alimentar la producción mercantil.
Es ahí donde un debate sólo sobre la forma deviene estéril. Del mismo modo, no se pueden aplaudir los asombrosos descubrimientos que realizan los laboratorios sin preguntarse por su finalidad. Si son fármacos destinados a curar las enfermedades o a hacerlas crónicas.
Se trata, pues, de tomar conciencia de hasta qué punto los creadores y los críticos, en tanto generadores de opinión, somos responsables de alimentar la voracidad del mercado.
De momento, no vivimos bajo un régimen absolutista como nuestros antepasados, sometidos al capricho de unos aristócratas o gobiernos dictatoriales que justifiquen nuestra sumisión. Pero está claro que nuestra indiferencia influira para que más pronto que tarde el actual mercado de libre intercambio se transforme en el monopolio de unos pocos.

Tradición y Capital simbólico

Se me podrá argüir que a las escritoras no les interesa entrar en las luchas intestinas del campo literario, de acuerdo; pero conviene recordar que es la vía para obtener los beneficios simbólicos derivados de los reales. Es decir, la estima y el lugar en la historia literaria que merecen sus obras, indispensables para que un artista continúe su trabajo y no lo abandone.

Dos citas. Escribe Rosalía de Castro en una carta a una aspirante a poeta:

¿Qué falta hacemos, pues, tu y yo, entre ese tumulto devastador? Ninguna, y lo que sobra está siempre de más.

Años después, en 1950, Angela Figuera Aymerich dirá en su “Exhortación impertinente a mis hermanas poetisas”:

Porque amigas, os pasa que os halláis en la vida
Como en una visita de cumplido. Sentadas
Cautamente en el borde de la silla. Modosas.

Eva quiso morder la fruta. Mordedla.
Y cantad el destino de su largo linaje
Dolorido y glorioso. Porque, amigas, la vida
Es así: todo eso que os aturde y asusta.

El otro gran problema derivado de la no-lucha o resignación de las mujeres a no ver reconocidas sus obras que, necesariamente, pasa por su participación en el espacio literario, es que sus descendientes deben recomenzar todo desde cero. Para ponerlo con un ejemplo claro:  es como si cada nueva generación de mujeres tuviera que tomar la decisión, por vez primera, de salir a la calle en pantalones como hizo George Sand hace siglo y medio. Es decir, no legan ningún “capital simbólico” a las poetas venideras.
Conviene recordar lo que Sand dijo acerca de sus pantalones: “Mis ropas no conocían el miedo” Porque lo difícil, si aplicamos el símil a las letras, no es tanto escribir desde un sujeto tradicionalmente neutro como el masculino sino atreverse con el connotado femenino, históricamente reprimido y regulado.
La historia oficial no estudia la manera en que  nuestras antepasadas lograron desarrollarse en un medio que les era hostil, ni de qué modo resolvieron los problemas formales para inscribir sus creaciones en una tradición ajena. Y cuando digo ajena, me refiero a que deben expresarse en un lenguaje que acumula unas representaciones de mujer que ellas, de algún modo encarnan, y que vienen con el acervo de la lengua. La lengua recoge el eco y el reverbero de los autores pasados que encasillaron a las mujeres en representaciones maniqueas: madre, musa, santa, o bruja, lasciva, adúltera, etc. Pero no sólo vienen las representaciones con la lengua heredada, sino todo un sistema de relaciones ya codificadas. Por ello se ha hablado de “subvertir” el lenguaje. Lo que se está subvirtiendo es el sujeto lírico clásico femenino, para reemplazarlo con otros sujetos inéditos, puestos en situaciones insólitas hasta entonces.
Cuando las mujeres empiezan a escribir en bloque, digamos, se encuentran con estos estereotipos. Las fuertes, los rompen; las más débiles no se atreven, y escriben esos versos edulcorados y femeninos, por los cuales se reconoce a toda la lírica escrita por ellas. Para éstas era más importante mantener el respeto de sus contemporáneos, que atreverse, como urgía Angela Figuera, a dejar de ser modosas. Ignoraban la trampa en que caían al seguir las coordenadas de su época, para mantenerse dentro de las convenciones. Pues, si bien eras respetadas como “mujeres”, se las despreciaba como escritoras. Por aquello de adaptarse a los términos del deseo masculino, dejarse persuadir por él y dar su consentimiento, muchas poetas se construyeron a si mismas en el poema, según la expectativa masculina de lo que debía ser una mujer. Esta tradición, la de la poesía femenina, es la que los hombres, curiosamente, siempre sacan a relucir; se olvida que por entonces había autoras que rompían el estereotipo y consignaban cosas inauditas como Rosalía de Castro, o Carolina Coronado, la llamada musa roja, por ejemplo. Es preciso, entonces, que las autoras se mantengan vigilantes para que la tradición no se vuelva traición.

En una entrevista que me hizo la poeta Ana Nuño, por entonces directora de la Revista Quimera de Barcelona, en el nº 167 de marzo de 1998  abogo porque: las escritoras separen el grano de la paja y rescaten a las grandes olvidadas que les servirán de puntales y plataforma, amén de utilizar toda el acervo de la lengua, todas las tradiciones que conozcan a su favor, para jugar y revisar y resignificar, y crear objetos verbales inéditos. Y si hace falta, traicionar sin pizca de remordimiento a Shakespeare, a Dante o Quevedo, que, a buen seguro, se revolverían en sus tumbas de asombro al ver que, por fin, las mujeres hablan y se convierten en interlocutoras válidas. ¿por qué? Qué otra cosa hacemos sino homenajearlos y revitalizarlos al orquestar a nuestra manera sus temas, dándoles una continuidad insospechada.
Nueve años después las jóvenes poetas han recogido el guante y en el Encuentro Transgeneración 1.0  irrumpen con fuerza con una propuesta que indica hasta que punto  son conscientes de los problemas especificos con los que se enfrentan las mujeres al intentar inscribir sus creaciones en el campo literario a comienzos del siglo veintiuno. Transcribo parte de sus declaraciones porque a mi entender  ofrecen una via de salida lúdica y lucida la encrucijada actual:
Harold Bloom, el crítico literario, explica la Historia de la Literatura como una larga sucesión de parricidios: una generación de escritores sólo halla su lugar matando a la generación anterior. Si a esto unimos que la mujer es el objeto poético por excelencia, nuestras autoras se ven enfrentadas a una trágica situación. Condenadas a la pasividad de la musa, que inspira pero no crea, y obligadas a matar al padre, más o menos legítimo, sólo les queda una oportunidad: convertir el mismo sacrificio en una obra de arte. Resucitar a ese progenitor en su propia piel. Vestirse de hombre, pasar por él.  Arrebatarle, cuando menos se lo espere, la pluma.  Una pluma que durante mucho tiempo ha sido metáfora del poder.
Este arrebato lírico podría suceder de otro modo.  Recuperar de manera filológica aquellos ancestros femeninos: la pista, más o menos olvidada, de las mujeres escritoras. Pero no, nuestras autoras aman a Valle-Inclán, Poe y Sade, son atentas lectoras del testamento paterno, del padrastro, quién sabe. Si todas se hubiesen disfrazado de Safo, estas fotos no reflejarían la enorme variedad de la poesía escrita por mujeres. Su poética se sostiene sobre unos pilares más fuertes, trabajan con referencias que no renuncian al pasado: ni a hombres, ni a mujeres. En lugar del asesinato violento, propio de otros tiempos, estas autoras prefieren usar los somníferos. Que descansen los hombres, ya les invitaremos a otra fiesta.